Sospecho que tengo miedo al compromiso.
Yo, la que suspira por los romances de libro donde son felices juntos para siempre. Yo que veo a parejas de más de ochenta años unidas por el amor y deseo eso para mí,
Pero en la vida...
No hay nadie que llegue a mis expectativas.
Necesito conocer a alguien que me haga estallar la mente, que me vuelva loca en sueños, que me quite el aliento. No me parece algo malo huir del compromiso, no conformarse.
Sé que cuando conozca a alguien que en una semana me haga sentir como si le conociera de toda la vida, sé que cuando note el hogar en un abrazo, entonces, estaré lista.
No quiero conformarme.
Sólo necesitaba escribirlo, para no olvidarlo.
lunes, 3 de agosto de 2015
domingo, 2 de agosto de 2015
Cerrando heridas por fin
Eras un terrible fantasma.
Y tras meses persiguiéndome en sueños, es por fin cuando comienzo a librarme de ti.
Ha sido de la manera más tonta. No pudo conseguirlo mi resolución de no volver a pensarte. Imposible, con tantos lugares de Madrid. A veces notaba la presencia de mi deseo caminando por las calles que nos vieron hablar por primera vez. Siempre me he preguntado si tú también te acordarías de mi cada vez que pasaras por ciertos lugares, o si desearías que caminara contigo, en diciembre, en marzo, en abril. Sé que no.
A veces me dolía pisar los lugares intactos por los que no había vuelto a pasar. La ciudad en la que vivo te recordaba constantemente a mi pesar, como un diario imborrable. Hubo algunas calles de las que no podía librarme; y aún habiendo pasado cientos de veces por Sol, aún continúo recordando el punto exacto en que viniste a saludarme y a partir de entonces todo me pareció un sueño. Otras calles tardaron más tiempo en ser revisitadas, pero dolían igual. Yo sabía que era cuestión de esperar. Cuanto más mirara a la herida menos miedo me daría. El mapa de ti se diluyó con el tiempo, por suerte, y se pobló con nuevos recuerdos. Sin embargo, no era sólo el pasado el que me atormentaba, sino también el futuro. ¿Cómo reaccionaría si me cruzara contigo algún día? Miles de situaciones se formulaban en mi mente, y miles de preguntas. Y sobre todo, todo lo que tantas ganas he tenido siempre de decirte.
Hasta que llegó el momento.
Volví tras casi un año a aquel lugar sagrado. Donde me viste por primera vez y dio comienzo todo. Destruí la huella intacta, volví a captarla con mis sentidos en vez de con mi memoria. A diferencia de la última vez, ya no estabas tú. Caminé en silencio y pasé por esa misma columna, entre grupos que reían, entre el estruendo de la música. Ironías del destino, sonó una canción que por alguna razón siempre me había recordado a ti. El bar intacto me recibía. Llegaba a donde más dolía.
Te nombré -como hago a veces, cuando el ruido de tu recuerdo es tan fuerte-, y conversé con mi amiga. Me dijo algo que me dolió como cuando te recolocan un hueso roto del cuerpo para que sane bien. Solo que esta vez era una parte de mi misma la que estaba rota, y no sabía reconocer.
No te interesaba, simplemente. Aunque yo lo creí y puede que tú lo creyeras, no lo hacía. Porque las cosas hubieran sido muy distintas.
Dolió, intensamente. Sin embargo, tenía razón, sobre ti, tenía razón sobre mi y de pronto todo se tornó absurdo. Tu fantasma me ha estado persiguiendo porque siempre creí que había sido el cruel destino, un mal momento, el que te había alejado de mi. Sin embargo eran historias que enmascaraban lo que nunca quise ver.
Bailé con mi amiga, en ese lugar que me dio algo que nunca olvidaré pero que es hora cerrar, ese lugar que tanto he temido porque quedará siempre marcado, aunque sea muy levemente, por el momento en que nos conocimos. Pero esa noche me divertí en ese lugar y me sentí como si danzara sobre una tumba que nunca me había atrevido a visitar, que me entristecía y no me dejaba en paz. El cementerio ha sido profanado y ya es hora de que el fantasma se marche.
Dicen que las personas que conoces pasan por tu vida por alguna razón. Y aunque siempre lo recordaré con cariño es hora de liberarme. Nunca tendré respuestas a mis preguntas; prefiero, sinceramente, no saberlas nunca. Dejaste una historia inconclusa que me ha costado meses cerrar. Fantasma, es hora de que partas.
jueves, 30 de julio de 2015
Una heroína.
Recordaba la expresión de aquellos a los que habían arrojado al mar, por caer enfermos. Y no sabía si era mejor seguir con vida, hacia un destino desconocido, y ser tratada como a un animal; o ser lanzada al mar, entre fiebres y zarandeos, para encontrar una violenta paz bajo las olas.
“Algún día seremos libres. Sé que algún día nos liberarán de estas cadenas, y esos blancos entenderán que somos tan humanos como ellos.” — y el suelo de madera se movía bajo sus pies, debido al mecer del barco en mar bravo, provocando un desagradable reflejo de vómito, y obligando a la muchacha a recolocar su postura inhumana mientras su piel escocía por los grilletes y sus huesos dolían —. Una voz mandó callar, y la oscuridad se silenció —excepto respiraciones y sollozos; excepto lloros, gemidos, y las toses de los enfermos, las cuales intentaban ocultar para evitar cuanto mayor tiempo mejor ese horrible destino —.
Qué fácil es desear la muerte, y cómo nos aferramos hasta al último aliento de vida cuando sabemos que está a punto de terminar… Así de grande fue su escalofrío y terror al escuchar su propia tos.
miércoles, 11 de febrero de 2015
BELLE (O la película con la que me casaría)
- ¿Crees que podría ver a James en la ciudad?
- Puede ser.
- Podría enamorarme de un hombre como él, Dido.
- ¿Amor? Hmmf.
- Beth, no albergues tales sentimientos: porque acabarás o pobre, o con el corazón roto.
- Puede ser.
- Podría enamorarme de un hombre como él, Dido.
- ¿Amor? Hmmf.
- Beth, no albergues tales sentimientos: porque acabarás o pobre, o con el corazón roto.
martes, 10 de febrero de 2015
Día Especial (21).
Cuando los días son especiales, esperamos.
Esperamos de los demás;
esperamos que cumplan las promesas que escribieron de forma implícita en el aire, en forma de braille ondulado que recogían tus pestañas cada fría mañana, y cada noche.
Sí.
Generalmente, no se nos defrauda-
-los amigos están ahí, con el hombro a punto, con el chiste en la boca para hacer de tu día un día mejor.
Y la familia (la de verdad), tiene el calor preparado para irradiarlo por todas las esquinas con las que poder cuadrar todos los círculos.
Los días especiales no se crean solos, los construyen. En los días especiales miras atrás para repasar las lecciones aprendidas, para pasar a limpio todas las notas de la vida que tomaste con prisa y sin prestar mucha atención (ah, ¡por fin tienen significado!). Los días especiales te reviven y tus frustraciones y penas caen como plumas de fénix, o, al menos, ondulan muy cerca del desprendimiento.
Hora de un día especial,
hora de esperaros.
Bienvenido sea cualquiera el que contribuya con una sonrisa, una palabra amable, un gesto de cariño.
Ahí estaré, yo, para sonreír de vuelta, y decir
"Gracias".
Esperamos de los demás;
esperamos que cumplan las promesas que escribieron de forma implícita en el aire, en forma de braille ondulado que recogían tus pestañas cada fría mañana, y cada noche.
Sí.
Generalmente, no se nos defrauda-
-los amigos están ahí, con el hombro a punto, con el chiste en la boca para hacer de tu día un día mejor.
Y la familia (la de verdad), tiene el calor preparado para irradiarlo por todas las esquinas con las que poder cuadrar todos los círculos.
Los días especiales no se crean solos, los construyen. En los días especiales miras atrás para repasar las lecciones aprendidas, para pasar a limpio todas las notas de la vida que tomaste con prisa y sin prestar mucha atención (ah, ¡por fin tienen significado!). Los días especiales te reviven y tus frustraciones y penas caen como plumas de fénix, o, al menos, ondulan muy cerca del desprendimiento.
Hora de un día especial,
hora de esperaros.
Bienvenido sea cualquiera el que contribuya con una sonrisa, una palabra amable, un gesto de cariño.
Ahí estaré, yo, para sonreír de vuelta, y decir
"Gracias".
domingo, 11 de enero de 2015
La historia de Mary Prince
Nací en Brackish Pond, en Bermuda, en una granja que pertenecía al señor Charles Myners. Mi madre era una esclava en la casa; y mi padre, cuyo nombre era Prince, era un aserrador que pertenecía al señor Trimmingham, un constructor de barcos en Crow-Lane. Cuando era una niña, el anciano señor Myners murió, y hubo un reparto de los esclavos así como otras propiedades de la familia. Fui comprada junto con mi madre por el anciano Capitán Darrel, y regalada a su nieta, la pequeña Miss Betsey Williams. El Capitán Williams, el yerno del señor Darrel, era el dueño de un buque que traficaba con muchos lugares en América y las Indias Occidentales, y rara vez estaban los dos juntos en casa.
La señora Williams era una mujer de
buen corazón, que trataba bien a todos sus esclavos. Sólo tenía una hija: la
señorita Betsey, para la cual me habían comprado, y quien era más o menos de mi
edad. Era casi como una mascota para la señorita Betsey, y la quería un montón.
Solía llevarme de la mano, y me llamaba “su pequeña negra”. Fue el periodo más
feliz de mi vida: era demasiado joven como para entender con claridad mi condición
como esclava, y demasiado irreflexiva y llena de espíritu como para pensar en
un futuro lleno de trabajo duro y dolor.
(…)
¡Oh, fue un momento tan, tan triste!
Recuerdo el día bien. La señora Pruden se acercó y dijo: “Mary, tendrás que
irte directamente a casa; tu dueño se va a casar, y tiene intención de venderte
a ti y a dos de tus hermanas para conseguir dinero para la boda”. Tras oír esto
estallé en llanto –aunque por el momento poco consciente era del gran peso de
mi infortunio, o de la miseria que me esperaba. Además, no quería alejarme de
la señora Pruden, y del querido bebé, que había crecido tan encariñado conmigo.
Durante unos momentos apenas creí que la señora Pruden fuera sincera, hasta que
recibí expresas ordenes de que regresara inmediatamente. ¡Querida señorita
Fanny! Cómo lloró a separarse de mí, mientras besaba y abrazada al bebé,
pensando que nunca volvería a verle. Dejé a la señora Pruden, y volví a casa
llena de pena. La idea de ser vendida lejos de mi madre y la señorita Betsey
era tan aterradora, que no me atreví a hacerme pensar más en ello. Habíamos
sido comprados al señor Myners, como dije antes, por el abuelo de la señorita
Betsey, y dados a ella, por lo que debido al hecho de ser su propiedad, nunca se
me pasó por la cabeza que tendríamos que separarnos o que me venderían lejos de
ella.
(…)
¡Oh queridos! No puedo soportar pensar
en ese día –es demasiado-. Me recuerda el gran lamento que llenaba mi corazón y
los desconsolados pensamientos que pasaron por mi mente, mientras escuchaba las
penosas palabras de mi pobre madre, sollozando por la pérdida de sus hijos.
Desearía poder encontrar las palabras para deciros todo cuanto sentí y sufrí.
Sólo el gran Dios de arriba sabe los pensamientos del corazón de un pobre
esclavo, y los amargos dolores que siguen de separaciones como estas. Todo lo
que amamos se nos arrebata –¡oh, es triste, triste! ¡y doloroso hasta los
huesos!- no pude dormir esa noche pensado en la mañana; y la querida señorita
Betsy no estaba menos afectada. No soportaba abandonar a sus compañeros de
juegos.
(…)
La negra mañana vino al final; vino
demasiado pronto para mi pobre madre y nosotros. Mientras nos ponía los nuevos trajes
con los que íbamos a ser vendidas, dijo, con una voz llena de dolor (¡y nunca
lo olvidaré!) “Estoy amortajando a mis pobres niños; ¡menuda tarea para una
madre!” –y entonces llamó a la señorita Betsey para que se despidiera de
nosotros. “Voy a llevar a mis pequeños pollitos al mercado”, y esas fueron sus
palabras literales, “despídete de ellos, quizá no les veas nunca más.” La
señorita Betsey nos besó a todos, y, cuando se fue, mi madre llamó al resto de
los esclavos para que nos dijeran adiós. Una de ellas, llamada Moll, vino con
un niño en brazos. ¡Ay!, dijo mi madre, viéndola girarse y mirar a su niño con
lágrimas en los ojos, “¡tú serás el siguiente!”.
Los esclavos no podían decir nada para
reconfortarnos; tan sólo llorar y lamentarse con nosotros. Cuando dejé a mis
queridos hermanos y a la casa en la que me había criado, pensé que mi corazón
iba a estallar.
(…)
Seguimos a mi madre hasta el mercado,
donde nos colocó en una fila delante de una gran casa, con las espaldas
apoyadas en la pared y nuestras manos plegadas en el pecho. Yo, como la menor,
estaba la primera, estando Hannah la siguiente, y después Dinah; y nuestra
madre estaba de pie a nuestro lado, llorando por nosotras. Mi corazón latía de
dolor y terror tan violentamente, que apreté mis manos fuertemente sobre mi
pecho, pero no podía mantenerlo, por lo que continuó a brincando como si fuera
a hacer estallar mi cuerpo. ¿Pero a quién le importaba? ¿Acaso alguno de los
muchos que observaban, que nos miraba de forma tan desinteresada, pensaría en
el dolor que retuerce los corazones de las mujeres negras y sus jóvenes? ¡No,
no! No eran todos malos, me atrevo a decir, pero la esclavitud endurece el
corazón de los blancos contra los negros; y muchos de ellos no tienen reparo en
hacer sus comentarios delante de nosotros en voz alta, sin ningún tipo de
miramiento hacia nuestro dolor –aunque sus palabras clara caen como pimienta en
las heridas frescas de nuestros corazones. Esos blancos sólo tienen pequeños
corazones que sienten sólo lo suyo.
(…)
Entonces comenzó mi venta. Las
apuestas comenzaron en unas pocas libras, y gradualmente alcanzaron las
cincuenta y siete, cuando fui liquidada por el postor más fuerte. Vi entonces a
mis hermanas ir hacia delante, y ser vendidas a distintos dueños; para que no tuviéramos
la satisfacción de ser compañeras. Cuando la venta acabó, mi madre nos abrazó y
besó, y se lamentó por nosotras, pidiéndonos que mantuviéramos un buen corazón
e hiciéramos nuestras tareas para nuestros señores. Era una triste partida; una
fue por un camino, otra por otro, y nuestra pobre madre volvió a casa sin nada.
(…)
He sido una esclava –y sé lo que se
siente- y puedo decir lo que otros esclavos sienten, también por lo que me han
contado. El hombre que dice que los esclavos son felices en esclavitud –que no
quieren ser felices-, ese hombre es bien un ignorante o un mentiroso.
Mary Prince (1831)
FUENTE: http://docsouth.unc.edu/neh/prince/prince.html
martes, 30 de diciembre de 2014
diarios
Domingo
No siento en el alma más que un
seco murmullo, una repetición monótona de un reloj interno que siempre ha
estado encendido y que no se puede parar. Las impresiones pasan a través de mí
como agua sobre una película impermeable. Hay un muro entre el mundo y yo que
soy incapaz de atravesar. He intentado medir el grosor: apenas 4 centímetros y
medio; y sin embargo, es muy robusto. Llevo intentando pasar a través de él
cuatro días seguidos. Ayer ya en la madrugada desistí, pues me había pasado
todo el día intentando romperlo, sin éxito. Esta mañana volví a probar. Pero es
demasiado grueso. Mañana lo intentaré otra vez.
Lunes
¿Es acaso esto una enfermedad? Me
estoy preocupando. Ayer, mientras paseaba hacia el páramo con Guillem, sucedió
algo extraño. De pronto se detuvo en seco y observó espantado una mancha espesa
y abultada que sobresalía en el camino. Sus ojos miraban con horror el cadáver
de un gato desmembrado como resultado de un grave accidente, o un terrible
crimen.
-Qué deplorable, ¿qué desalmado habrá
hecho esto?
Y mientras tanto señalaba con su
bastón al animal muerto. Tras aquel incidente nuestro paseo se vio afectado, y
fueron varios los minutos en que anduvimos en silencio, hasta que Berta se
encontró con nosotros y nos distrajo con las últimas novedades que se contaban en
la ciudad. Las primeras palabras de Guillem aún estaban teñidas de dolor, y su
garganta temblaba. No había duda de que había estado sufriendo mientras
caminamos. Sin embargo no sentí nada.
Martes
Berta no ha parado de hablar en
todo el día sobre la forma en que la mira Guillem, qué sutileza había en su
forma de dirigirse a ella, como un caballero, como si ella fuera una diosa. Ella
no paraba de reír, y yo la acompañaba, aunque más por comportarme acorde con la
escena que por el hecho de divertirme realmente.
-Pero tú, ¿nunca has sentido algo
así? ¡Tiene que haber alguien! – me decía, mientras saltaba a la cama
llevándose las manos al pecho y soltando sonoramente todo el aire de sus
pulmones, escrito en él el nombre de nuestro amigo.
Pero las relaciones están hechas
para cierto tipo de personas. Además, yo no siento nada.
Jueves
Los pajarillos se arremolinan en la
ventana y pían. Papá les puso comida y agua en unos platitos, para que se
acerquen cuando quieran. Aunque una parte de mí es consciente de lo hermosa
que resulta la escena, yo no la siento
hermosa. Otra parte más grande de mí sabe que debería llorar ante tal
desgracia, ante el hecho de no sentir. Pero la verdad es que no noto que ninguna
lágrima quiera brotar de mí. Aunque quisiera, estoy vacía.
Abro el libro que estoy leyendo y
prosigo la lectura donde la había dejado. De alguna manera, los personajes
vuelan sobre el papel y mis ojos saltan de una línea a otra, y sin embargo, no
soy capaz de recordar nada de lo que haya leído. Continúo la actividad, aun
así; en cualquier momento todo volverá a la normalidad, me digo.
Viernes
¿Estoy loca o enferma? ¿Es posible
curar una forma de ser?
Un fantasma se ha instalado en mí –y
tengo la sospecha de que no va a irse nunca.
Sé que podría describir esta
sensación de vaciedad, pero no puedo; no puedo expresar la nada con palabras.
Sábado
Guillem y Berta proponen excursión a la
montaña Papillons. Acepto, porque no quiero que sospechen nada de lo que me
pasa. Aunque sé que de alguna manera lo sospechan. Fingir normalidad para
evitar que nadie descubra lo que sucede, pero fingir, al fin y al cabo. Me
quede en casa como si no, saben que algo va mal.
(Sábado
noche)
El día ha ido mucho mejor de lo
previsto… ¡mucho!
En un primer momento, la
conversación entre Guillem y Berta hacía que no tuviera que preocuparme por
sacar palabras de mi boca. Me sumergí con tranquilidad en mi mundo de
pensamientos –que consistían, sobre todo, en resolver la duda existencial de por
qué no sentía nada-. La mañana era clara y el cielo azul, impío. Nos sentamos a
comer en un claro donde extendimos un pequeño mantel de cuadros. Ya no había
excusas para no hablar, así que me uní a la conversación para no ser un mueble.
La brisa fresca nos acariciaba y los pájaros piaban a lo lejos, mientras se escuchaba
el murmullo del río. Identifiqué ese momento como uno en los que supuestamente
debería estar feliz.
Tras llenarnos, echamos una larga
siesta. Sin la necesidad de hablar ni pensar, mi cuerpo debió viajar a otro
sitio. Cuando despertamos el cielo estaba de un hermoso y enrarecido color
púrpura.
Reconocimos la silueta del señor
Magallanes de pronto, el cual venía a la carrera hacia nosotros sujetando su
sombrero abombado con la mano.
-Pero… ¡señor! ¡Llevamos todo el
día buscando a los señoritos! Estas dos muchachas, y este muchacho… ¡desaparecidos,
todo el día!
Continuaba hablando jadeante y
exaltado, mientras sus mejillas encendidas por el sofoco cada vez enrojecían
más. Un trueno atravesaba el valle en ese instante para segundos después dejar
paso a la luminosidad del rayo. Los ojos de Berta brillaban mientras aguantaba
la risa. De pronto una tromba de agua cayó y lo empapó todo. El mantel de
picnic se convirtió en una terrible mezcla de servilletas rotas y agua en los
platos. Magallanes continuaba su charla en voz terriblemente más alta, para
poder contrarrestar a la lluvia. En ese momento la fuerza del agua pudo con el
contenido de una rama que se encontraba justo sobre nuestras cabezas; y el nido
construido por algún pájaro cayó de la misma, yendo a parar directamente sobre
el sombrero abombado de Magallanes, el cual paró su discurso en seco, se convirtió
en púrpura y comenzó a echar humo por las orejas.
Berta explotó y me sorprendí al hacerlo yo también. Guillem también reía. Reí como hacía meses que no hacía, y
cada vez que estaba a punto de parar reía aún más fuerte.
Nos levantamos riendo, recogimos
riendo, y seguimos corriendo hacia la ciudad al malhumorado Magallanes, también
riendo. Por fin llegamos a un lugar donde resguardarnos. Tomamos chocolate
caliente y mi piel, ropa y pelo se iban secando poco a poco. Esa sensación me
llenaba tanto como los pájaros que venían a cantar a la ventana.
Mientras contábamos historias, hubo
un momento en el que, inexplicablemente, mis ojos se humedecieron y antes de
que lo notara nadie tuve que esforzarme sobremanera para no llorar. Supuse que
era la emoción de mi propio cuerpo al sentirse
vivo de nuevo.
Cuando llegué a casa estaba
cansada, pero aun así quise contarle a mi familia el día que habíamos pasado. Tras
cambiarme de ropa, papá me invitó a ayudarle con unos trabajos de astronomía.
Vi por primera vez a Júpiter a través del telescopio.
-Se cree que hay muchas más
galaxias como la nuestra. Y quién sabe, cuántos planetas, cuántas más pequeñas
y curiosas como tú andan por ahí arriba… No sé cómo puede existir alguien que
aun contemplando la vasta hermosura del espacio y de este universo pueda
sentirse desdichado.
Tras besarle me fui a la cama.
Tenía razón. Pero no había sido capaz de sentirlo hasta hoy, desde hacía mucho
tiempo. ¡Qué hermoso es este estado de felicidad, y qué terrible cuando te lo
arrebatan! Pero aún no estoy segura de si ya estoy curada del todo.
Martes
Escribir poco es buena señal. Estos
días no se han visto nublados por la tristeza, o lo que es peor, por la
ausencia de emociones. Ayudo a papá por las noches a explorar el universo, y él
me cuenta historias. Es todo un privilegio. Me da pereza explicarlo todo, pero
lo único que puedo decir es que hay grandes verdades ahí fuera que esperan ser
descubiertas, y que somos tan pequeños que todas nuestras guerras, tristezas y
peleas son aún más absurdas cuando eres consciente de que no somos más que un punto
en un gran abismo.
El muro empequeñece.
Miércoles
Por fin. Estoy curada. Aunque me
aterra no saber cuándo volveré a perder la sensibilidad, al menos me siento
humana.
Lo he descubierto como se suelen
descubrir las cosas más importantes sobre una misma: leyendo lo que otros han
sentido.
Fue este poema de Emily Dickinson:
"Sentí un funeral en mi cerebro,
los deudos iban y venían
arrastrándose -arrastrándose -hasta que pareció
que el sentido se quebraba totalmente -
y cuando todos estuvieron sentados,
una liturgia, como un tambor -
comenzó a batir -a batir -hasta que pensé
que mi mente se volvía muda -
y luego los oí levantar el cajón
y crujió a través de mi alma
con los mismos botines de plomo, de nuevo,
el espacio -comenzó a repicar,
como si todos los cielos fueran campanas
y existir, sólo una oreja,
y yo, y el silencio, alguna extraña raza
naufragada, solitaria, aquí -
y luego un vacío en la razón, se quebró,
caí, y caí -
y di con un mundo, en cada zambullida,
y terminé sabiendo -entonces –".
arrastrándose -arrastrándose -hasta que pareció
que el sentido se quebraba totalmente -
y cuando todos estuvieron sentados,
una liturgia, como un tambor -
comenzó a batir -a batir -hasta que pensé
que mi mente se volvía muda -
y luego los oí levantar el cajón
y crujió a través de mi alma
con los mismos botines de plomo, de nuevo,
el espacio -comenzó a repicar,
como si todos los cielos fueran campanas
y existir, sólo una oreja,
y yo, y el silencio, alguna extraña raza
naufragada, solitaria, aquí -
y luego un vacío en la razón, se quebró,
caí, y caí -
y di con un mundo, en cada zambullida,
y terminé sabiendo -entonces –".
Cerré el libro y lloré –creo que
eché todo un mar-. Cuando terminé de llorar, nunca me había sentido tan feliz
de haber sentido algo. Estoy curada, por fin, y se fueron los días en los que
hubiera leído esto y no hubiera sentido nada.
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